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domingo, 1 de mayo de 2011

LOS ESCARABAJOS DE DURRELL (IV) Apuntes para una estética de la postmodernidad: ENTRE LA MUERTE DEL SUJETO Y EL NO-LUGAR DEL AUTOR




La eliminación posmoderna del autor como autor del texto supone el derribo del status ideológico propio del racionalismo ilustrado –concepto global que abarca numerosas escuelas y centros-, es el fin del “estilo” como algo definitorio, único y personal. En el campo de la propiedad intelectual podríamos recurrir a los manidos tópicos de qué es inalienable e intransferible. Al hacerse autónomo el texto, su presencia y multiplicación masiva ya no se sitúa en el lugar de una titularidad original e irrepetible.

Ya no es posible seguir el rastro de la intencionalidad del autor (referencias al propósito de la obra como elemento del análisis semántico no faltan en los manuales al uso), el ámbito de la autenticidad se remite ahora a la superficialidad que hace que todo se convierta en texto: el arte, la filosofía, la historia, las prácticas discursivas de la cultura, pero también los acontecimientos sociales y políticos (la falsedad de estos últimos textos es tan manifiesta que los teóricos de la democracia deliberativa han debido proponer nuevas fórmulas de participación para recuperar lo que fue la virtù republicana)

Se sustituye la profundidad por la superficie y en esta inversión lo que entendemos por hipertextualidad ya no es el discurrir con la mayor atención penetrando a través de la lógica y el conocimiento. La superficialidad es el rasgo formal de esta nueva era. El autor es sometido a crítica no ya sólo en cuanto a figura y modelo de la modernidad, sino en cuanto a su capacidad de definición, de control del punto de vista, de suministrador de criterios de interpretación y autenticidad, de sostenedor del mito de la creatividad singular. Es un tiempo crítico para los demiurgos…

El lugar dejado por el autor va a ser ocupado en el postmodernismo por el texto, y más aún, por el lector. Por decirlo en términos de Barthes, “el nacimiento del lector tiene lugar a expensas de la muerte del autor”. En efecto, diferentes líneas de sentido pueden enhebrarse a través de un mismo texto; el nuevo eje epistemológico que corresponde a la intertextualidad se transforma en la imposibilidad de un análisis final y cerrado del texto, así surge una telaraña de múltiples interrelaciones, préstamos, deudas e influencias. Los problemas relativos al significado se vuelven hasta cierto punto irrelevantes debido a la prioridad que se concede a las interrelaciones dinámicas dentro de los textos. Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso afirma que “no sabemos quién habla; habla el texto, eso es todo”. El texto es, de hecho, “reescribible” con cada lectura, de ahí que Derrida lleve el argumento más lejos cuando afirma que “el lector escribe el texto”.

De la autonomía del texto, que produce cierto desasosiego cultural, pasamos a la soberanía del lector/oyente/espectador. Si el lector escribe el texto, la escritura es virtual, articula todo un campo de infinitas lecturas, esto es, una escritura “sin presencia y sin ausencia, sin historia, sin causa, sin archia, sin telos, una escritura que subvierte absolutamente toda dialéctica, toda teología, toda teleología”. Para Derrida no hay un sentido único y exclusivo, hay una pluralidad de textos y temas, diseminados, cuyas diferencias articulan el significado. Con el acto de “diseminar”, Derrida reivindica el placer del texto, pero, añadimos que también lo trágico o el desgarro interior tiene aquí espacio: la audición de la 4ª sinfonía de Shostakovich es una experiencia abierta, pero la empatía con el autor está muy presente.

Bakhtin es otro pensador contemporáneo que reformula radicalmente el tema de la intertextualidad con el fin de superar el exceso de formalismo (esta palabra trae demasiados recuerdos y no todos entrañables, ciertamente) del postestructuralismo y la teoría lingúística. El texto es un hecho verbal y no verbal, articula tanto la cultura popular como la literaria, su diseminación difusa en la realidad cotidiana significa ampliar el marco de la intertextualidad hacia otros puntos de interés más heterogéneos. Así, en la obra The lament of the mother of God (1989), la inspiración en la liturgia ortodoxa para el Viernes Santo es sólo el marco en el que John Tavener desarrolla su religiosidad. Podemos detenernos en la expresividad de la armonía coral, en la voz de la soprano, o en la emoción del texto, pero sólo son aspectos o detalles para un oyente que busca un sentido específico al material sonoro. Así, podemos increpar como autores a un oyente que, como nuevo sujeto emergente, se extiende en direcciones bien diversas, pero no se tratará de errores en la justificación sino de que no existen derechos ni obligaciones morales del autor sobre la obra, muchísimo menos sobre el oyente. Esa reconstrucción, ora balbuciente, ora reconstruida, dota de más valor a lo creado. Esa autonomía no es ni justa ni injusta, sólo necesaria. El problema, del que no escapamos, es que si no accedemos a la música contemporánea más actual, ¿cómo vamos a hablar de soberanía del espectador? González Acilu aportó grandes dosis de sentido común en su investidura como “Doctor Honoris Causa” en la UPNA, ya que no hablaba sólo para la comunidad académica. Pudo ser demoledor, pero tal vez no era el momento (¿Musicología en la UPNA? Ah, nihil obstat)

El problema es que todo ello nos remite no sólo a la discursividad de lo real, “todo deviene en discurso”, sino también al hecho de que la pluralidad infinita de lecturas deviene a la postrer subjetividad sin límite, a un texto vacío de contenido objetivo que imposibilita toda hermenéutica y por lo tanto una disolución de la crítica. Bien, ¿y qué? Más preocupante me parecen otros aspectos de la creación/composición que paso a reseñar como cierre de esta cuarta entrega coleopteroriana, si se me permite. Hace unos meses me encontré en Pamplona con un antiguo profesor del Conservatorio y afamado compositor, bien relacionado y nudo del staff foral. Le pregunté interesado por sus proyectos y obras y él me respondió que bastante mal, porque ninguna institución le encargaba obras. No daba crédito. Repugnante. Ahora resulta que el dinero mueve la creación. ¿Dónde he estado metido hasta ahora?

Un abrazo. Agur. IFG

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