domingo, 2 de octubre de 2011

LOS ESCARABAJOS DE DURRELL (V) Apuntes para una estética de la postmodernidad: LA FRAGMENTACIÓN DEL SUJETO



¿Qué es lo que le deleita cuando escucha música? ¿Qué le hace optimista y libre? ¿Es el mundo menos complicado si usted lo construye eludiendo ese tema? ¿Hay alguna explicación que pueda derivarse de su visión del universo como una interacción de fuerzas mecánicas? ¿Qué es fuerza, energía? ¿Quién realiza esa acción? Usted cree en la “conservación de la energía”, en la indestructibilidad de la materia. ¿No es eso también inmortalidad? Carta de Gustav Mahler a Max Kalbeck, fechada el 22 de junio de 1901 en Maiermigg am Wörthersee, la residencia estival del compositor.

Siguiendo por este recorrido subjetivo por la postmodernidad, completamente cuestionable y rebatible, y afortunadamente dirigido hacia vendedores de sortilegios y cínicos de pose, llegamos al camposanto: la defunción alcanza a todos los participantes (muerte del sujeto, muerte de la historia, muerte del narrador, muerte de la razón, muerte del autor, muerte de los metarrelatos…) Muerte, en definitiva, de todos los elementos o indicadores que utilizamos para el análisis de una obra musical, una escultura o un acto de creación a través de las artes plásticas y la literatura. El sujeto, arrastrado y sometido a los embates de la adversidad, más aparente que manifiesta, es el símbolo de la Ilustración, del humanismo, lo que no deja de ser una abstracción, valiente, pero abstracción. Este postulado omnipresente que hace del hombre el valor supremo, definido por su conciencia y libertad, como logro ulterior de la voluntad, se revela dentro del pensamiento postmoderno como una muestra del ejercicio de nuevas relaciones de poder/dominación donde el hombre se oculta tras una máscara (el filósofo Gianni Vattimo tiene acertadas ideas al respecto) de disciplina, orden y desigualdad. Siempre desigualdad.

La deconstrucción (Derrida mediante) sistemática del sujeto es uno de los aspectos más provocadores de la postmodernidad. Aquí se concede preeminencia a las estructuras, sistemas y códigos (la metodología entra en curiosa connivencia con el estructuralismo y postestructuralismo) Inciso: llegados a este punto, en el que tangencialmente llegamos al formalismo y a la teoría del signo, relaciono inevitablemente a dos genios, contemporáneos y de la Costa Este: un compositor, Charles Ives, y un filósofo, Charles Sanders Peirce. Cierro inciso. El sujeto queda excluido. La eliminación del sujeto es la eliminación de las categorías centrales de la epistemología moderna (causalidad, representación, semanticidad, intertextualidad, semiótica)

Recordemos a Foucault: Actualmente sólo se puede pensar en el vacío del hombre desaparecido. Pues este vacío no profundiza una carencia; no prescribe una laguna que haya que llenar. No es nada más, ni nada menos, que el despliegue de un espacio en el que, por fin, es posible pensar de nuevo.

La crisis del sujeto implica abordar una crisis moderna: el derribo del sujeto trascendental kantiano y la reordenación de la subjetividad. La tríada, como un acorde, es identidad-verdad-poder. Siento repetir viejas ideas, pero la 4º sinfonía de Shostakovich es lacerante e implacable, como un amargo relato de Bulgakov. También aquí el sujeto, agónico diría Unamuno, es arrastrado por el colectivo, los valores supremos, ora vanguardia revolucionaria, ora sujeto histórico. Shostakovich no estaba solo en su celo: Ajmatova, Maiakovsky, Tsvetaeva, Mandelstam, Pasternak… Sujetos en la taiga, como Gogol.

El sujeto es la clave del humanismo, de la narrativa logocéntrica: el hombre es el agente racional que domina y explota la naturaleza, que organiza artificialmente la sociedad y el Estado…., dejando tras de sí dominación, explotación e injusticia. Ese hombre derribado encuentra su sustituto en un sistema ordenado de valores difícilmente defendible pero económicamente provechoso. Shostakovich canta a los muertos de Babi Yar sobre poemas de Yevtushenko en su sinfonía nº 13, pero también a la repoblación forestal de las estepas en su Op. 81. Henze une música y política. ¿Funcionalismo? ¿Realismo? La música no es ajena al debate (o no debería serlo)

La fragmentación del sujeto -difunto ya, amortajado tal vez- surge como elemento central de este proceso. Sus compañeros de viaje serán la incoherencia, la falta de ética y la superficialidad. ¿Reivindicamos al sujeto creador? ¿Reivindicamos el lucro? ¿Debatimos sobre la música contemporánea en la sociedad de consumo? ¿Cómo distinguimos acertadamente lo real de lo que no lo es? Lipovesky, en su obra La era del vacío, subraya el surgimiento de un nuevo proceso de personalización donde desaparece el sujeto pero se mantiene el individuo. El imperativo narcisista y superficial sustituye al imperativo categórico.

En el contexto del capitalismo avanzado (también llamado tardío por unos, y postindustrial por otros) hay un concepto que adquiere cualidades casi mágicas, como si fuese un elemento de los cuentos rusos analizados por Propp. Es la identidad, que se acredita como elemento diferenciador, ya sea identidad profesional, sexual, cultural, de clase… Sin embargo, las identidades no son fijas ni reducibles. Se están redefiniendo continuamente. Este hecho nos lleva a otros dos: PRIMERO.- El yo es siempre una construcción relacional, es decir, que la identidad sólo puede ser articulada dentro de una relación con el “otro”, con las características y acciones de los demás (alter-alteridad, cambiar la propia perspectiva por la del otro) SEGUNDO.- La identidad tiene una naturaleza contingente y una dimensión abierta, lo que conduce a una indeterminación y una ambigüedad casi justificable.

La sociedad del presente se presenta en muchas ocasiones más envejecida incluso que los viejos esteticismos que pretende/dice demoler. Ni la superficialidad ni el cinismo facilitan las cosas… Terminamos con Mahler. Como en un epitafio. Concretamente con un texto de su ciclo Des Knaben Wunderhorn. Dice así. El cuco ha caído en brazos de la muerte sobre un sauce verde./ ¡El cuco está muerto!/ ¡Ha caído en manos de la muerte!/ ¿Quién entonces nos ha de confortar/ en el tiempo de largo verano? […]

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