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jueves, 3 de mayo de 2012

UN CONCIERTO MUY NECESARIO


Lunes, 30 de Abril de 2012.
Irene García, Ane Urquiola y Jose Luis Tochón, violines. Mario García, viola. Nerea Elizaga, violonchelo. Javier Pérez, clarinete. Juan Cazcarra, acordeón. David Cantalejo, Tania Loza y Gonzalo Rabasa, piano.

PROGRAMA: David Cantalejo: Tocata para piano, Op. 15, (Teulfelskreis), (2008). Ignacio Fernández Galindo: Suite para títeres, (2012). Joaquín Taboada: Trío número 1, (2009). John Cage: 4,33, (1952). Luigi Boccherini: Quinteto para cuerdas con piano Op. 57 número 5: Allegro sostenuto, (1799). David Cantalejo: 1428 de Elm Street, (2011).


Hace varios años, escuché una entrevista realizada a Fernando Argenta en una importante emisora de radio. El motivo era, por supuesto, su trabajo en relación con la difusión de la música clásica, algo en lo que él ha sido fundamental para nuestra generación…, y en parte para la de nuestros padres. En aquella ocasión, una de las preguntas que le hizo el entrevistador fue la eterna pregunta: “¿Por qué la música clásica no tiene tirón entre los jóvenes?”. Argenta respondía con toda claridad: “Simplemente porque no la conocen. En cuanto escuchan un fragmento clásico popular sin necesidad de saber que es música clásica y se les cuenta su verdadera procedencia, muchos se dan cuenta de su error y cambian de opinión”. La cita no es literal.

Naturalmente, esto es bastante discutible. El simple hecho de conocer un tipo de música no significa que en seguida alguien la aprecie como buena, pero hay algo en lo que Argenta tenía razón: si nunca se ha tenido oportunidad de escuchar un tipo de música, difícilmente se puede apreciar. Por citar El pequeño príncipe: “Sólo se ama lo que se conoce, y sólo se conoce lo que se domestica”.

Pues bien, el concierto que nos ocupa tenía, desde esta perspectiva, un gran interés, por cuanto que daba a conocer al público una gran variedad de músicas, mayoritariamente de hoy, de estéticas en algunos casos divergentes. Suponía, en general, una panorámica de la música actual, y de lo que se escribe hoy usando medios, por así decir, “tradicionales”. No había música electrónica; no había paisajes sonoros…, pero por lo demás había una gran variedad de recursos compositivos.

No es mi tarea tratar de explicar las obras del concierto; para eso, ya están las magníficas notas al programa que se pueden consultar en este mismo foro. Me limitaré a contar algunas impresiones personales. En general, creo que la elección de las distintas obras era muy adecuada, precisamente por su variedad de planteamientos, estéticas y combinaciones instrumentales, algunas de ellas ciertamente inusuales. Ya solamente por eso, a falta de conocer los resultados de la encuesta realizada al público, el esfuerzo de organizar un concierto tan variado era encomiable.

A partir de aquí, empieza el territorio de las preferencias personales. Me han sorprendido gratamente las obras de David Cantalejo, en especial 1428 de Elm Street. El tratamiento del clarinete, explotando su registro más agudo, resulta sorprendente, junto con la aplicación de frullati, multifónicos, armónicos y otros “efectos especiales”. La obra es de una fuerza descomunal, fantasmagórica. Realmente ha sido un auténtico descubrimiento. La Tocata para piano también es muy interesante por su concepto minimalista del contrapunto y el uso de los registros extremos del piano, pero el paso del tiempo ha permitido madurar al compositor, y en 1428 eso se hizo patente.

El universo de Ignacio Fernández Galindo es igualmente interesante. Ya la agrupación resulta novedosa, (¡trío para violín, acordeón y piano!), y se utiliza en muchos casos de manera bastante audaz. Para la Historia queda el gran logro de la descripción del mar, con los efectos de olas del acordeonista y los armónicos “gavioteros” del violín. La inclusión de arreglos de clásicos del jazz añade variedad, y aporta a la obra un punto decadente, que le otorga un encanto bastante singular.

Frente a esto, la obra de Joaquín Taboada ha parecido más convencional. La de Taboada es una estética más cercana a Schnittke o a Pärt, autores de esencia más familiar para el público y que componen música en general bastante relajante. A juzgar por la acogida del público, ha causado bastante buena impresión, y parece ser en eso la obra más “contemporánea” de las que se han escuchado.

El 4,33 de Cage sólo puede ser una tomadura de pelo de gran magnitud, o una obra maestra…, aunque quizá tenga algo de ambas cosas. Naturalmente, la obra no tiene mayor misterio para aquellos que conocemos en qué consiste y qué se pretende demostrar con esta música, más allá de la necesidad de mantener la tensión durante el tiempo que dura el silencio. No obstante, esperaba con expectación la reacción de los no iniciados. El murmullo del público fue bastante constante, especialmente al comienzo, y la división de opiniones al final de la obra era más que notoria: bravos, aplausos, algún que otro abucheo… Es de valorar, en todo caso, el estoicismo con el que los miembros del quinteto la interpretaron.

Finalmente, la idea de incluir la obra de Boccherini pretendía aislar ese primer movimiento del quinteto de su contexto, para que resultase anacrónico con lo que había sonado y con lo que había de llegar. No soy la persona más adecuada para juzgar si se ha logrado ese objetivo. Tengo bastante capacidad para pasar de un estilo a otro sin transición, y después de la tensión del 4,33, el mundo galante de Boccherini no me resultó ni mucho menos improcedente. Probablemente habría disfrutado más de la obra, sin embargo, con una interpretación más lograda, pero eso no nos ocupa prioritariamente ahora. Además, el trabajo camerístico necesario para la obra era importante y fue afrontado por alumnos del Conservatorio que, a buen seguro, han hecho todo lo que estaba en su mano.

En general, el nivel interpretativo ha sido extraordinario. Destacó la labor de David Cantalejo como pianista, demostrando convicción y elocuencia extraordinarias, especialmente en 1428 de Elm Street, que fue interpretativamente lo mejor del concierto. En esa obra, y también en los dos tríos, hubo compenetración y música de cámara realizada con mayúsculas, aunque quizá la Suite para títeres de Fernández Galindo podría ganar si los intérpretes se hubiesen recreado más en los contrastes de los últimos movimientos de la obra, especialmente en las secciones jazzísticas. Pero insisto: tratándose de alumnos de conservatorio, su esfuerzo ha de ser especialmente tenido en cuenta.

En resumen: creo que este concierto era especialmente necesario, y no sólo por las conclusiones que puedan obtenerse de la encuesta entregada a los asistentes. Ha presentado una panorámica que muestra buena parte de las tendencias más actuales de la música de hoy, y nos ha permitido confrontarlas con alguna obra de período anterior. Por supuesto, no se trata de que todos salgamos convencidos de que la música de hoy es la única que merece la pena, porque eso nos haría renunciar a un riquísimo patrimonio musical que, al menos a mi entender, ciertamente no es “caduco”. Sin embargo, entiendo que los compositores actuales tienen derecho a ser escuchados. Una vez conocido el terreno, cada cual decidirá libremente si desea seguir por el camino tradicional, o lanzarse a explorar nuevos territorios. Esto último siempre resulta apasionante.

Walther von Sachs

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